Varios de nuestros barcos se empezaron a incendiar y el rumor del pánico se escuchó por todos lados, algún otro se había hundido hacia poco jalando agua adentro años e ilusiones. Hubo caos y contradicción, quien se tiró al vacío por miedo y el que esperó resignado su destino.
Yo percibí el humo pero al no saber por dónde venía el fuego sólo me quedó esperar a sentir el calor cerca de mí y entonces decidir lo que era de importancia y lo que podría dejar atrás, no fácil porque en la tragedia brilla lo antes obscuro y lo costoso pone en duda su valor, hay que tomar sólo lo que se pueda cargar y arrojar cosas que tuvimos en las manos para una eternidad que acaba hoy que arden las naves.
Que angustia desesperante, que emoción absurda correr con la amenaza tras de sí y buscar salidas urgentes que antes evitamos por confort, por una inmortalidad fabricada y estúpidamente creída.
El fuego se apoderó de mi barco y me tapé la cara para no ver, protegido en mi nicho que a pesar de todo resistió, se llevó lo que fue mío pero me dejó vivo, otra vez vivo, de nuevo vivo.
Que abismal silencio queda después cuando sólo hay humo y ceniza, que tranquilidad ilógica y reconfortante. Conciliación de la pérdida inevitable y de la obligatoria necesidad de empezar de nuevo.
Cuando el fuego vence su purificación es invisible, sólo es agobio, desastre, sin embargo es el proyecto de la nueva oportunidad, las cenizas de las que ha de vivir el futuro. El combustible del porvenir.
Hoy que todavía huele a quemado ya recogí los escombros. Los restos de mi barco hundido se quedan en el agua para no volverlos a ver. Te los regalo mar, tú sabrás qué hacer.
Pero en el abandonado muelle quedan dos o tres naves que ya no tienen por qué ser. Y camino a ellas con la mano cerrada, un puño de cerillos con los que he de terminar lo que la circunstancia empezó, voy a hundir los últimos barcos invadido por una satisfacción plena que me regaló el designio y con la absoluta certeza de lo que tengo por hacer.
Enciendo mi primer cerillo y lo pongo frente a mis ojos para observar el fuego que ha de conlcuir lo terminado. Me quema los dedos y no me importa porque soy inmune esta vez. Agradeciendo la liberación de arrojar mi pólvora restante sobre la madera seca que mañana no existirá ya para mí.
Feliz año gente. Usen su fuego, inicien su incendio ya que estamos en la hora, quemen los barcos que no van a ningún lado. Y caminemos a otras playas por la nueva ruta. Aprovechemos que la costa es larga en este continente. Hemos de llegar a la otra orilla y encontrar al que sin saberlo nos espera.
Me reuniré al fin con quien pasa sus tardes viendo el camino esperando verme aparecer.
Yo percibí el humo pero al no saber por dónde venía el fuego sólo me quedó esperar a sentir el calor cerca de mí y entonces decidir lo que era de importancia y lo que podría dejar atrás, no fácil porque en la tragedia brilla lo antes obscuro y lo costoso pone en duda su valor, hay que tomar sólo lo que se pueda cargar y arrojar cosas que tuvimos en las manos para una eternidad que acaba hoy que arden las naves.
Que angustia desesperante, que emoción absurda correr con la amenaza tras de sí y buscar salidas urgentes que antes evitamos por confort, por una inmortalidad fabricada y estúpidamente creída.
El fuego se apoderó de mi barco y me tapé la cara para no ver, protegido en mi nicho que a pesar de todo resistió, se llevó lo que fue mío pero me dejó vivo, otra vez vivo, de nuevo vivo.
Que abismal silencio queda después cuando sólo hay humo y ceniza, que tranquilidad ilógica y reconfortante. Conciliación de la pérdida inevitable y de la obligatoria necesidad de empezar de nuevo.
Cuando el fuego vence su purificación es invisible, sólo es agobio, desastre, sin embargo es el proyecto de la nueva oportunidad, las cenizas de las que ha de vivir el futuro. El combustible del porvenir.
Hoy que todavía huele a quemado ya recogí los escombros. Los restos de mi barco hundido se quedan en el agua para no volverlos a ver. Te los regalo mar, tú sabrás qué hacer.
Pero en el abandonado muelle quedan dos o tres naves que ya no tienen por qué ser. Y camino a ellas con la mano cerrada, un puño de cerillos con los que he de terminar lo que la circunstancia empezó, voy a hundir los últimos barcos invadido por una satisfacción plena que me regaló el designio y con la absoluta certeza de lo que tengo por hacer.
Enciendo mi primer cerillo y lo pongo frente a mis ojos para observar el fuego que ha de conlcuir lo terminado. Me quema los dedos y no me importa porque soy inmune esta vez. Agradeciendo la liberación de arrojar mi pólvora restante sobre la madera seca que mañana no existirá ya para mí.
Feliz año gente. Usen su fuego, inicien su incendio ya que estamos en la hora, quemen los barcos que no van a ningún lado. Y caminemos a otras playas por la nueva ruta. Aprovechemos que la costa es larga en este continente. Hemos de llegar a la otra orilla y encontrar al que sin saberlo nos espera.
Me reuniré al fin con quien pasa sus tardes viendo el camino esperando verme aparecer.






